Mashup: Sócrates, Garcilaso y la Divina Comedia.

Me encontraba yo guiado de nuevo por mi viejo maestro, en lo cual sería el mi último viaje por estos círculos, donde me quedaría de manera permanente sin saber aún cuál sería mi fatídico destino. El cansancio se apoderaba de mis extremidades, impidiéndome seguir con mi marcha.

De repente, rompió el profundo sueño de mi mente un gran trueno, desperté a la fuerza y me repuse. Con la vista recobrada volví en torno y mirando fijamente, pues quería saber en dónde estaba. El olor, el sentimiento helado que me calaba en los huesos, las imágenes que una a una volvían a galopar en mi memoria. Había vuelto. Es verdad que me hallaba justo al borde del valle oscuro y nebuloso, de modo que, aun mirando fijo al fondo, no distinguía nada.

-Descendamos ahora al ciego mundo, una última vez -dijo el poeta con voz apagada- yo iré primero y tú vendrás detrás.

-¿Cómo he de ir detrás si ya he recorrido este lugar?

-Vamos, entonces camina a mi lado, que larga ruta nos espera.

Y así me acompaño a entrar al primer cerco que el abismo ciñe. Allí, según lo que yo pude, escuchar, no había llanto, sino suspiros.  Así anduvimos hasta aquella luz, hablando cosas que callar es bueno. Al pie llegamos de un castillo noble; crucé por siete puertas con los sabios: hasta llegar a un prado fresco y verde. Gente había con ojos graves, lentos, con gran autoridad en su semblante: hablaban con voces suaves. Nos apartamos a uno de los lados, en un claro lugar alto y abierto, desde donde todos ellos podían verse. Al levantar un poco más la vista, vi a Sócrates, al maestro de todos los que saben, todos le miran, todos le dan honra, que al lado de otro pasajero, Garcilaso, un ilustre poeta de origen español al que antes no había visto por estos lugares. Discutían sobre el amor de manera un tanto reflexiva. Sentado allí, junto a mi maestro, me dispuse a escucharlos atentamente:

-Amor, amor, un hábito vestí, Después acá de lo que consentí, tal arrepentimiento me ha tomado, que pruebo alguna vez, de congojado, a romper esto en que yo me metí. Más, dime Sócrates ¿quién podrá de este hábito librarse teniendo tan contraria su natura, que con él he venido a conformarme? Si alguna parte queda por ventura de mi razón, por mí no osa mostrarse; que en tal contradicción no está segura.

-Supongo que no lo está, Garcilaso. Yo, que afirmo no saber ninguna otra cosa que los asuntos del amor.

-Escrito está en mi alma vuestro gesto humilde. Y cuanto yo escribir de ella a quien deseaba, era inalcanzable a mis deseos. Que aunque no cabe en mí cuanto en ella veía. Yo no nací sino para quererla; mi alma se ha cortado a su medida; por hábito del alma mismo la quería. Por ella nací, por ella morí.

-Por tanto, también éste y cualquier otro que sienta deseo, desea lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo que él no es y de lo que está falto. ¿No son estas, más o menos, las cosas de las que hay deseo y amor?

-Así parece.

-¿Y amar aquello que aún no está a disposición de uno ni se posee no es precisamente esto, es decir, que uno tenga también en el futuro la conservación y mantenimiento de estas cualidades?

-Yo a mi amada aún deseo. Más tal estoy, que con la muerte al lado busco consejo nuevo; y conozco el mejor y el peor apruebo, o por costumbre mala o por mi hado, nunca dejaré de amarla. Por otra parte, el breve tiempo mío, y el errado proceso de mis años, en su primer principio y en su medio, mi inclinación, con quien ya no porfío, la cierta muerte, fin de tantos daños, me hacen descuidar de mi remedio.

-Por la posesión de las cosas buenas, en efecto, los felices serán felices, y ya no hay necesidad de añadir la pregunta de por qué quiere ser feliz el que quiere serlo, sino que la respuesta parece que tiene su fin. Ya no podemos discutir sobre ello. Hemos llegado a nuestro final. Aquí nadie es feliz. No podrás lograr lo que deseas.

-¿Quién sufrirá tan áspera mudanza del bien al mal? ¡Oh corazón cansado! Esfuerza en la miseria de tu estado; que tras fortuna suele haber bonanza. Muerte, prisión no pueden, ni embarazos, quitarme de ir a verla otra vez, como quiera, desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.

Sócrates le dedicó un largo silencio, para luego hundirse en lo profundo de sus pensamientos. Dante se alejó junto a Virgilio, pensativo, reflexivo. Recordando melancólicamente a su amada Beatriz.

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